De la gente del Valle del Arnoia se dice que siempre se sintieron algo menos que los de Ribadavia. Quizá sea porque la austeridad característica e idiosincrásica de sus vinos se refleja a través del carácter del Arnoiano, pero esa austeridad que una vez les hacía no creérselo, hoy, es su mejor seña de identidad. Para quien no conozcáis a Bernardo Estévez deciros que ha sido uno de los primeros en apostar no sólo por la biodinámica y la viticultura regenerativa en el Ribeiro, sino por la recuperación de las castas autóctonas. Su Chánselus (nombre nacida de la unión de ‘Cháns e lus’, es decir, ‘suelos y luz’) es hoy una etiqueta icónica y, este 2016, del que tan sólo salieron al mercado 1200 botellas, es un regalo para cualquier paladar. Nace de viñedos aterrazados en los dos valles del Arnoia y es una mezcla de las variedades tintas que tiene co-plantadas: Brancellao, Tinta Amarilla, Carabuñeira, Caiño da Terra, Caiño Bravo, Ferrol, Sousón , Mencia, Garnacha Tintureira, Espadeiro, Tinto Serodio, Corbillón, Caiño Longo, Caiño Redondo y alguna más. El 2016 no fue un año fácil y es aquí donde se ve la buena mano fruto de una buena praxis. El vino pasó por madera de corte francés. En esta cuvée todavía estaban bastante marcadas las especias dulces (clavo, haba tonka, algo de algarrobo), pero con una pureza de fruta muy chula (cassis, frambuesa, picota). En boca no es musculoso pero si que tiene cierto peso, que se hace más ágil gracias al perfil sápido y la vitalidad de su acidez.
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