De un viñedo al que se le puede datar la existencia de vides en él desde el 1380 (ojo, no es la edad del viñedo, sino que ya se llevaba cultivando vid ahí desde esa; las vides rondan los 70 años), no nos podemos esperar otra cosa que un vino sublime. Aquí tenemos mucha más calidez y concentración que en el vino anterior. Aunque sigue siendo evidentemente varietal, su bouquet se ensalza con seriedad y serenidad (piel de lima, bergamoto, pimienta blanca, ciruelas claudias, flores blancas secas, salvia). En boca encontramos algo más de peso aunque sigue sin ser un vino graso gracias a un paso punzante que nos deja recuerdos férreos. Dura eternamente.
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