El color no delata su edad, pues sigue siendo tan opaco como la noche. Y la nariz es como la recordaba del 2012 que caté hace tiempo: opulenta, con mucha especia y terciarios, fruta negra madura, regaliz, café, cacaos, balsámicos... Está más evolucionado, más terciario que el 2012.
Boca untuosa, amplia, con el tanino sedoso y casi goloso, y con buena persistencia. El “pero” es que a diferencia del 2012 aquí sí capto calidez en el posgusto. Cierto que estamos en pleno verano y es complicado mantener el vino a su temperatura correcta, pero lo he ido sirviendo muy poco a poco de la nevera y pese a todo el alcohol está ahí declarando su presencia.
Un gran vino pero que me da la sensación que hubiese estado mejor hace unos años.
Edito en la última cata, unos días después: ha sido la mejor de la serie. Aquí el alcohol ya no destacaba y mantenía toda su concentración y sapidez. Me deja algo confundido! Probablemente será mejor recatarlo cuando ya no haga tanto calor.
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