Otro australiano empeñado en carcajearse del "viejo" tópico del estilo "nuevo mundo" de vinos compotados, ardientes, cargados de madera hasta los dientes y bien surtidos en alcohol.
Aquí, desde luego, el tiempo juega a su favor, y así esta Shiraz que apuesta decididamente por la elegancia se muestra equilibrada, fina y más compleja de lo que algún puritano pudiera sospechar. Mi ingenua nariz y mi caprichoso paladar la hubieran situado sin pestañear en cata a ciegas en el mismo centro del ródano septentrional. Una shiraz de moras y olivas, de tomillo fresco y perfumadas violetas, a veces de carne cruda, otras de especias y montebajo que no se dejan amedentrar por la amenaza del eucaliptus o la menta empalagosa. Boca fresca, con taninos vivos y maduros que una acidez de primera envuelve y sostiene.
¡Abajo la dicotomía viejo/nuevo mundo!
Sólo los vinos. Cada vino y su bocega y su elaborador. Únicos, intransferibles, capaces de romper con los más cargantes y generalizadores y acomodados tópicos que en este universo de placer e íntimas sensaciones que ofrece el vino algunos se empeñan en mantener.
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