Hace ya un buen puñado de notas de cata que decidí dar por zanjado el aburrido debate entre vinos elaborados al "estilo" "viejo" o "nuevo" mundo. Decididamente creo más en los elaboradores y sus personales filosofías que en la patria de las variedades en liza. Como también creo que el terroir puede existir en todas aquellas zonas con cierta tradición vitivinícola a poco que el elaborador de turno se empeñe en la tarea de buscarlo, extraerlo y mostrarlo.
Éste es el caso de esta Chardonnay californiana que no puede situarse más lejos del tópico sobre estos vinos tachados de excesivos y pesados. Aquí manda la frescura varietal, la elegancia y la complejidad. Acercarse la copa es pasearse por un campo de cítricos junto a un pic nic donde a la abuela se le ha ocurrido traer una tarta de manzana recién horneada. Vino largo, denso, fino, digestible, en plena forma, muy lejos de su declive. Con terruño y verdad.
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