Gran añada de guarda, terroir especialmente de guarda (conozco a alguien que ha tomado este vino con más de veinte años y ha sido el mejor vino de su vida, según él), productor de guarda (al menos entonces) y sumiller que no me lo recomienda por decir que la acidez es molesta y el alcohol demasiado presente. Hay que ser cabezón para pedirlo a pesar de todo.
Desde el primer golpe de nariz me reconcilió con el universo entero. Borgoña inconfundible, de aquellos que decíamos: tiene una “mierdecilla” muy fina. Ese hatillo de esparto, pedernal fino, incisivo, acompañando a la fruta (roja y negra, cereza, grosella…) y una pizca de especia de roble, pero una pizca y todo ello adornado de flores rojas… de romantisme. Fiel a su zona, cero “fresa guarra” (no es peyorativo, me encanta la fresa y a veces tb el adjetivo) tan común un poco más al sur.
Mucho me temo que estará joven después de esa nariz encantadora pero a la que le falta la complejidad que solo le podrá dar unos largos años en botella. Ojo, nariz más compleja y hermosa ya que el noventa y nueve por ciento de los vinos de hoy en día, pero éste en concreto es que va para “grande” y directo a emocionar en su día.
En boca está todo, sencillamente todo, nada de acideces fuera de traste, sí una frescura magnífica que se agradece en una noche calurosa de agosto; en absoluto alcohólico y no por contrarrestarlo la acidez, sino porque sus 13 grados forman un equilibrio perfecto con ella, una estructura firme y magnífica, una mineralidad profunda y con misterio (el mejor adjetivo para Rousseau, o cómo la humedad no es suciedad), de esas que te “pican” al final de la lengua y paladar con esa pizca salina y casi yodada (como la ostra, pero menos bestia) y un tanino potente, muy presente, pero maduro, redondeado e integrado magníficamente bien, mandando el de la fruta sobre el de la madera nueva, magistralmente medida en este vino.
Joven, tremendamente joven, eso ya lo sabía antes de descorcharlo. Solo quería comprobar hasta dónde me iba a arrepentir de hacerlo. No me arrepiento, pues sencillamente he disfrutado de una fase más de este grandísimo vino, que no cesará de mejorar, que incluso es posible que pase etapas jodidas pero que quizá un día sea uno de esos vinos que me hagan llorar de la emoción. Un vino nada espectacular, quizá en la línea de Clos de la Roche, de esos que resulta complicadísimo explicar porqué te han emocionado. Un primer Cru con categoría de Grand Cru (para mí la tiene en este productor).
Un vino que invita al silencio, como cuando cruzas la mirada cómplice con el amor y sobran las palabras.
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