En el siglo XVIII, el viñedo de Marcobrunn tenía carácter suficiente como para poner sus vinos en las mesas de los zares de Rusia en Petersburgo y de Thomas Jefferson en Filadelfia. Y ya entrado el siglo XX, Hindenburg quizá bebía el riesling de Marcorbrunn mientras mascullaba "Curioso hombrecillo es este Hitler...a lo más le designaría como ministro del Ministerio de Correos". Dwight David Eisenhower quizá encontró por ahí alguna botellita de Marcobrunn en las ruinas de la cancillería del Reich: se cuenta que hasta el fin de sus días le recomepensó con una devoción perruna.
Este kabinett es mucho más potente de lo que uno esperaría. Se dice que los vinos de Rheingau tienen 'fuego', pero si de fuego se trata éste me ha parecido un holocausto nuclear. Es una bazuka de aromas de limón, hojas de naranjo, flores blancas, mandarinas, minerales. Potente y bien definido, es muy primario y no hay notas de hidrocarburos. (No sé si eso es bueno o es malo.)
La misma autoridad se manifiesta en boca, con un recorrido opulento, de textura acariciante pero fuerte, tensa, con una colosal carga de fruta madura y una acidez estupenda, cítrica, que balancea un dulzor que bien podría pasar por un spatlesse y, si me apuran, un auslesse con algunos años encima.
Por esta joya hay que pagar !22 CHF¡ en Zurich (unos 15 euros). De modo que si mis dos lectores ven una botella, les diría que no la dejen ir pero esta vez les digo I'm sorry!, pero revisen su autenticidad: sólo hay 400 cajas.
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