La olvidada Cabernet Franc se reivindica en cuanto le dan la mínima oportunidad.
Esta vez es gracias a Parés Baltà, el cual, acompañado de una elegante Merlot, se muestra potente en nariz, con maderas marcadas, recuerdos a pólvora, tinta china y vegetales a copa parada; Mas Irene evoluciona rápidamente con la oxigenación: las resinas, francas y balsámicas, dejan hueco a los minerales, las reminiscencias lácticas, y vainillas, que cuestan separarlas en nariz de un flan atrayente; mientras en un recuerdo bordolés nos sentimos perdidos en medio del sotobosque, rodeados de pinocha, pino y piedras recién mojadas por una fina lluvia que intensifica todo a nuestro alrededor: las pieles de animales se distinguen entre la lejanía, los cueros son parte de nuestra vestimenta, y al fijarnos, nuestro zurrón está lleno de especias y tabaco.
Es un vino de largo recorrido, de los que no explosionan, poseedor de un tanino maduro ya redondeado; es un caldo de los que hacen agradecer que la bodega realice la crianza reductiva para sacarlo a la venta redondo, elegante y listo para beber.
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