El color es rabiosamente vivo, juvenil, una cereza picotona cardenalicia (ahora que se ha ido el Papa... ¡igual corre escalafón!). Capa alta. Menos densidad visual de lo esperado.
Desde que comencé la copa hasta que la terminé (no más de 15 minutos) el vino se transformó. De un toro de raza cerrado, algo obtuso, sudoroso, pasó a un toro bravo pero que entraba al capote, que seguía la mano, que acariciaba la capa.
Sorprendentemente golosón, hasta el punto que el "culín" olvidado después de las infusiones, parecía más un vino dulce que un tranquilote como éste.
El tacto es delicado. Pura seda.
Muy largo y delicioso el postgusto.
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