Tiene todo el encanto que se le supone. ¿Quién no ha oído hablar de él? ¿Quién no guarda en su retina su silueta?
Se trata de un hotel monumental brutal que data del siglo XVI, en una zona semicéntrica junto al río Bernesga.
Enorme, con zonas y estancias de todo tipo entre las que destacan el gran claustro y la sala capitular.
Hasta ahora, de 10. Pero las habitaciones, que no están mal, no mantienen el nivel de las zonas comunes. Son amplias y espaciosas, ubicadas en torno a interminables pasillos. Les falta un puntito de glamour y de confort. Y este entorno lo merecería.
El servicio... me temo que paga el peaje del funcionariado. No es de recibo que discutan delante de ti el botones y la recepcionista. Y así... todo. No es un trato malo, pero tampoco un "cinco estrellas" que se supone que es la liga que juegan. Ni de cerca. No es el trato que uno espera en un lugar así. Una lástima, pues podría, debería ser una referencia mundial del turismo monumental.
Los desayunos... pues correctos sin más, nada del otro jueves.
Parking descubierto gratuito.
Tenía el tramo de fachada de la entrada en obras, había que pasar bajo un andamio para acceder al parador: bien, todos entendemos que hay que conservar el patrimonio nacional, pero... eso se avisa.
Estoy muy satisfecho por haber vivido la experiencia de pernoctar aquí y pasear libremente por sus estancias, pero no volveré.