Botella de los años 50.
Color topacio claro con intensos apuntes dorados y ambarinos, muy limpio y brillante, sin presencia de sedimentos, cierta sensación de grosor.
Nariz de notable intensidad, muy equilibrada, sin excesos: algunos tonos punzantes, frutos secos tostados (avellanas), notas de buen whisky de malta, hierbas aromáticas, trazas minerales y salinas.
En boca es glicérico, con mucho volumen, parece que está todo limado y bajo control en su discurrir por la boca hasta que llega al fondo y estalla su furia, sin avisar: un cañonazo de sabores de una intensidad inusitada: viejas maderas, frutos secos, tabaco, licor de naranja. Impresionante. Final infinito, nunca he probado un vino con tal persistencia. Un amontillado con una pegada bestial, solo reservada a unos pocos elegidos.
Como afortunadamente he podido probar varias botellas del Fino Amontillado Carta Blanca, puedo decir que están marcadas claramente las diferencias entre ambos, con la lógica mayor presencia de la crianza oxidativa en este Carta Plata. Dos vinos que creo merecen estar en la élite mundial.
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