Visitábamos un koreano con una carta de vinos bastante pobre, así que pedimos permiso para llevar algún vinito. Una de las apuestas fue este blanco, a meitad de camino entre el Douro y Jerez, de color dorado pálido y nariz intensa y bien perfilada, hay claros recuerdos al la crianza biológica, con toques de frutos secos y levaduras pero también una expresión de fruta blanca, matices florales (flores silvestres) e incluso algún toque herbáceo. En boca es un vino que tiene muy buena entrada, con ligeras sensaciones dulces, resulta untuoso, bien de acidez, con sutil mineralidad, amargos suaves, bastante persistencia y cierta profundidad. Se portó bien con los platos especiados y agunató bastante bien un plato con picante ligero.
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