Bello color cobrizo. Es muy difícil, por no decir que completamente inútil, intentar describir este vino. Es enigmático, monstruosamente complejo, y controversial. Para mí ha sido como un sauternes, con su botrytis, ahumados y minerales, combinado con la pureza frutal de los otros TBA de Kracher; y encima de eso, el barroquismo de un fondillón viejo. Casi se desata una batalla campal durante la cata cuando un vinatero suizo dijo que esto era un pedro ximenez en boca. Al menos eso da una idea de la densidad del vino, pero a mi juicio, se queda a años luz corto en describir su opulencia, su poderío, y yo lo único que puedo decir es que el ataque, dulce y lleno de dátiles, membrillo e higos, de pronto se transforma en un recorrido especiado, ligeramente salino y “viejo”, por así decirlo. Impactante. Inolvidable. Es como música atonal embotellada. Alban Berg hubiera encontrado inspiración en este vino para componer Lulú. (quizá la hubiera terminado.)
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