Dos años más tarde volvemos a esta añada y sorprende la forma física que mantiene.
El color es como si exprimiéramos una sandía, más a menos. La capa es baja y lo notamos algo turbio.
Huele y sabe a hinojo y laurel, a fresa con sus pepitas, a zumo de uva, a goma quemada y a botica. Es un poco punzante y sobre todo muy fresco. Tiene tan poco alcohol que se lo dejaría probar a cualquier niño.
Una maravilla de vino. Estoy enganchado. Debería ser obligatorio empezar en este mundo con vinos como este.
Parece distinto a otras añadas. Tiene un color precioso de mucha menos capa (hacía años que no utilizaba esta palabra en una nota de cata). Me recuerda a algún Bedeau bebido también hace unos cuantos años. Vino, en cualquier caso, ligero; pero siempre que digo esto lo digo en el mejor sentido. En ese sentido en que llenas copa tras copa de fruta fresca, anís y retama y vacías copa tras copa. ¡¡ Más ¡!
(PVP: 10-11 EUR)
Rojo sandía. Brillante y con abundante y minúsculo poso. Capa baja.
Muchos aromas a fruta roja, humedad, hierbabuena, carne cruda y piedras.
En boca es un vino inclasificable; nuevamente parece un tinto con alma de rosado o al revés. Entra fresco, con un deje amargo y deja sensaciones ácidas. No se nota el alcohol y la madera obviamente tampoco porque no la lleva. Observamos notas a fresas, moras y frambuesas y esos tonos cárnicos citados en la anterior fase. Mineralidad marcada.
Final perfumado y persistente.
Una elaboración ante todo peculiar y personal, imposible de catalogar en cata ciega. Eso nos gusta, es salirse del habitual aburrimiento vinícola. Diferente.
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