Botella comprada a precio de derribo en tiempos del Covid (de las pocas cosas buenas que nos dejó el confinamiento). El corcho perfectamente sellado, apenas tintado en la base pero algo reseco. Se partió al sacarlo con el abridor de dos posiciones.
Capa alta, rojo picota intenso, oscuro. Lágrima presente aunque sin ser especialmente generosa.
En nariz, a primeras, se muestra un poco añejo. Lo dejamos respirar media hora para que pierda esos terciarios, que desaparecen por completo rápidamente. Olor intenso, fruta negra, con un toque torrefacto y algo licoroso. Realmente apabullante, percetible desde fuera de la copa.
En boca muy elegante, con un punto mineral y con los taninos secos muy bien integrados, que se fueron suavizando a medida que se iba oxigenando. Presencia de esa fruta negra madura, un poco acompotada, con un toque dulzón y goloso, con algunos toques balsámicos.
Un clásico del Bierzo que nunca falla, aunque haya subido bastante de precio como todos los vinos de la familia Palacios.
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