Buque insignia de la mítica bodega Möet & Chandon y con el nombre del primer enólogo de la historia, el monje benedictino Dom Perignon, este es sin duda uno de los mejores champagnes del mundo.
Nada que ver con el resto de los productos y referencias de la casa Möet y no digo que el resto sean malos, ni mucho menos, pero Dom Perignon esta fuera de concurso! Solo equiparable a otros buques insignia de, solo algunas competencias de Champgne, Francia.
Color: dorado limpio, glicérico, con una excelente y abundante burbuja finísima y perfecta corona.
En nariz completísimo, serio, complejo, con abundancia de frutas, melocotón, paraguaya, tropicales, melón, frutos secos, almendra y bollería, pastelería, limón, cítricos, levaduras, lias, trufa, ahumados y dátiles! Lo que le pidas!
En boca, el ataque es incomparable, completísimo, sabrosísimo, muy equilibrado, de excepcional recorrido y mejor final sedoso y muy sugerente!
Acidez, amargor y dulzor perfectamente equilibrados, e integrados!
Recuerdo inolvidable, floral y frutal!
Retronasal completísima, trufa, levadura, cítricos, frutos secos, compotas, vainillas....
Maridable con TODO!
Un súper clase!...Gracias Dom Perignon!
Que mejor manera de auyentar el mal fario de un martes y trece que abriendo una botella de este extraordinario vino recién salido de la bodega.
Un champagne de altos vuelos, con una madurez excepcional que se refleja por un equilibrio perfecto entre concentración y acidez.
El melocotón blanco es lo primero que se nos viene al olfato dejando paso luego a las notas de confitura de limón de una chardonnay bien envejecida. Ahora un poco de vainilla y al final chispas de pimienta blanca.
En boca notamos por igual concentración y equilibrio. Aunque al principio lo notamos un poco cerrado, enseguida se abre con sorpresa dejando una sensación de riqueza y plenitud en la boca impresionantes. Una caricia el carbónico, que le da una textura prácticamente aérea. Muy ’fondé’. Trufa, vainilla, ciruela...
Todavía con vida -mucha- por delante. Un champagne perfecto ahora pero ¡qué sublime puede estar en dos o tres años!.
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