No recuerdo la cofradía en la que estuve de chavalín. Puede que en la de Jesús de Nazareno. Pero lo que nunca olvidaré son aquellos cacaos de corteza gruesa blanquecina con la sal pegada. Es a lo primero que huele este vino, a aquellos cacaos a medio tostar, algo bastos y con recuerdo a tierra. Su color es picota brillante con el ribete amoratado. Tiene ese primer golpe mencionado, que por derivación te llevan a notas de barro cocido, a los que le siguen ciruela madura y endrinas en licor. Es estructurado, de tacto arenoso, licoroso, con muy buena acidez, su tanino es dulce y deja un especiado final.
Habría hostias por llamar a esto terroir, pero... es manchego.
Utilizamos cookies propias y de terceros con finalidades analíticas y para mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias a partir de tus hábitos de navegación y tu perfil. Puedes configurar o rechazar las cookies haciendo click en “Personalizar”. También puedes aceptar todas las cookies pulsando el botón “Aceptar”. Para más información puedes visitar nuestra Ver política de cookies.